Es el mediodía, el color y las coplas invaden toda la Casa de Gobernanza de los Amaichas. Irma Guanca espera de pie, apoyada en su caja, mientras comparte coplas, aros y risas con quienes se acercan a ser parte de la fiesta. No nació en Amaicha del Valle, pero lleva 71 años participando de la Fiesta de la Pachamama. Tiene 79 y dice que la celebración es “un año menor” que ella. Desde los ocho acompaña el rito que cada verano convoca a la comunidad a venerar a la Madre Tierra. La escena se repite con variaciones: cambian las autoridades, se renuevan los rostros, pero Irma es una figura indeleble en la historia de la cultura de la zona.

“Hoy veneramos a la Pachamama, madre tierra: a aquella que nos da vida”, explicó mientras aguardaba la salida de la figura reelecta. Su tarea no es decorativa. Forma parte del grupo que escolta a la Pachamama hasta el predio central, cantando y copleando durante varios días. “Estamos esperando ya la salida de la nueva Pachamama y tenemos que escoltarla hasta el predio; y ahí estamos acompañando y después seguimos cantando. Y a la noche también. Y mañana también. Y así seguimos y seguimos hasta el martes”, relató con una sonrisa picaresca.

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Su vínculo con Amaicha es afectivo y ritual. Nació en los cerros del Condor Huasi, raíces que reivindica con orgullo. “Yo soy nacida en los cerros de este Valle Calchaquí, orgullosa de mi tierra y por eso les canto aquí”, reza una de sus coplas. No reniega de su origen; al contrario, lo reafirma cada vez que canta. Sin embargo, su historia personal quedó entrelazada con Amaicha por la persistencia. Volvió año tras año hasta convertirse en parte del paisaje humano de la fiesta.

A caballo

Cuando era joven, su participación tenía otra impronta. Su marido era gaucho y ella desfilaba a caballo. “Cuando eramos jóvenes, venía a desfilar en los caballos con mi esposo. Y bueno, y ahora ya como estoy grande, vengo con mi cajita nomás”, contó. El paso del tiempo la obligó a abandonar la monta, pero no el canto. La caja, pequeña, rústica y algo desgastada, se convirtió en su compañera indispensable. Si antes recorría el predio a caballo entonando coplas, hoy lo hace a pie, con la misma convicción.

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Para Irma, la copla no es un adorno folklórico ni una intervención ocasional. Es su lenguaje. A través de ella expresa identidad, pertenencia y devoción. Canta a la Pachamama porque la reconoce como la que “nos da los frutos, nos da la vida y todo lo que tenemos para comer”. La copla le permite hablarle a la tierra, pero también a la comunidad.

Durante la jornada, no se privó de recitar ningún “aro aro”, acto el cual era respondido por otra mujer o gaucho que se encontraran en el festejo. “Sé muchos, pero son picantes. Ya estoy muy grande para decir eso”, admite. La picardía forma parte del repertorio tradicional, aunque el paso de los años le imponga límites.

La copla también es continuidad. A sus 79 años, Irma insiste en estar presente porque entiende que los mayores deben enseñar. “Que sigan esta cultura, que les guste hacer este evento, estas cosas lindas de la madre tierra y que vayan aprendiendo los chicos; y los más grande estamos para enseñar, para inculcarle que aprendan a hacer todo esto hace muchísimos años”, sostuvo. En su mirada, la transmisión intergeneracional es una responsabilidad, ya que los jóvenes serán los encargados de sostener su cultura a futuro.

Su deseo profundo

Pero su compromiso no se agota en el canto. Irma tiene un proyecto concreto para Amaicha del Valle: la construcción de un monumento a la Pachamama. Lo plantea sin rodeos. “Yo si por algún medio le quisiera pedir al gobierno que acá en Amaicha del Valle, quiero que exista un monumento de la Pachamama”, afirmó. Argumenta que el pueblo es “la tierra de la Pachamama” y que esa condición merece una expresión material y visible. “Santa María (Catamarca) tiene un monumento hermoso, aquí deberíamos tener algo similar que represente a nuestra comunidad indígena”, expresó.

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No habla en abstracto. Tiene pensado el lugar. Imagina el monumento en un sitio alto, en un cerrito o en “unos borditos” desde donde pueda divisarse desde todo el valle. La altura, en su visión, reforzaría el carácter simbólico de la Madre Tierra, visible para todos. “Me gustaría que esté en un lugar alto y que sea muy grande”, explicó, convencida de que el emplazamiento es parte del mensaje.

A pesar de no ser amaicheña de nacimiento, no se retrae. Reconoce que podrían juzgarla o mirarla de reojo. “Como no soy de acá me van a tomar quizás como intrusa”, admitió. Sin embargo, no retrocede. “Pero voy a insistir, voy a insistir”, aseguró. Su determinación no está atravesada por ambición personal, sino por una idea de homenaje colectivo.

El compromiso que asume es concreto. “Yo misma viejita como estoy me comprometo a ayudar para que se haga ese monumento”, dijo. Y detalló cómo. “Cocinaría para los que van a trabajar por lo menos y que se haga. Si hay que hacer mil empanadas al día, yo las hago”. A sus 79 años, se ofrece para sostener la obra desde la cocina si fuera necesario. No promete financiamiento ni gestiones administrativas; ofrece trabajo.

Irma no ocupa cargos formales ni lidera estructuras. Su autoridad es simbólica, construida a lo largo de siete décadas de presencia ininterrumpida. En cada edición de la fiesta repite el gesto de esperar, escoltar y cantar. Lo hizo a caballo, lo hace con su caja. Lo hizo joven, lo hace anciana.

Mientras la nueva Pachamama se prepara para asumir, Irma afina su instrumento. Sabe que su voz no tiene la potencia de antes, pero conserva la convicción. En sus coplas conviven memoria y futuro. Y en su pedido al gobierno se sintetiza una vida entera de pertenencia elegida: que Amaicha, tierra de la Pachamama, tenga un monumento que la honre, aunque para lograrlo deba ponerse el delantal y cocinar para los obreros.